Dicen que la lluvia en Sevilla es pura maravilla. Yo no sé por el sur, pero en Madrid la lluvia de maravillosa tiene poco. O más bien nada. ¡La chupa que cayó ayer! Y me pasó eso que, por razones desconocidas, nos pasa a muchos. Eso de que miras por la ventana de casa y no llueve. Coges tus llaves, tu paraguas (por si acaso), bajas en el ascensor y llegas a la calle. En total un minuto, tiempo suficiente para que la meteorología se ponga en tu contra y descargue toda su ira sobre tu persona. Pues eso me pasó.
En Valladolid disfrutas de la lluvia
Todos sabemos que algo fundamental para sufrir lo menos posible la lluvia en cualquier lugar del mundo es llevar paraguas. Pues bien, ayer la utilidad de este artilugio fue nula. Como será que cuando bajé del autobús (ya lo controlo, no como en mi anterior etapa madrileña) en Jacinto Benavente tuve que quedarme en la parada un rato. En vista de que la tormenta no pensaba darme tregua, cogí mi paraguas con lazo rosa, y me dirigí hasta Sol. Para los de Valladolid, ese trayecto será como ir de Plaza España a Fuente Dorada, incluso menos. ¡Ni 5 minutos! Pues acabé calada hasta el pelo. Empapada.
Yo no sé, queridos lectores madrileños, si esto es normal en vuestra ciudad y hábitat, pero fue aluciflipante. Bueno, y qué decir de los que venden paraguas en la calle. Es increíble la rapidez con la que detectan la necesidad del ciudadano. Es caer una gota y los 'paragüeros' ya están en todas las esquinas ofreciendo este producto imprescindible. Lo que no sé es si venderán alguno. Cuando he salido sin paraguas me he resistido siempre a comprar alguno. No sé por qué. Supongo que mi racanería innata. Si todos siguen el mismo camino que yo, poco negocio harán. ¡Suerte, 'paragüeros'!
Y cambiando radicalmente de tema. Hace casi un año os relaté mi experiencia de "moderna rural por una noche". ¡Pues hoy repito! Ya que todos mis grupos y cantantes favoritos están muertos o, en el mejor de los casos, con gotero, aprovecho para potenciar esa vena moderna que me sale de vez en cuando. Así que os dejo un vídeo de Izal para que apreciéis la buena música.
Sí, queridos amigos, he ido a un concierto de modernos en Madrid. Por iniciativa propia, pagando y por gusto. No sólo escucho a los Beatles, a los Brincos o a Nino Bravo. Hace unos meses, un buen amigo de la capital me enseñó una canción de un grupo llamado Izal. En concreto, la canción Eco, muy curiosa por el enlace de palabras.
La verdad es que nunca me han gustado los grupos modernos y cuando hablo de modernos, hablo de los que nacieron a partir de 1990 en general. Además de provinciana, soy una antigua. Pero oyes, estos muchachos me gustaron. A partir del momento en que mi colega me enseñó el -pequeño- repertorio de Izal, empecé a escucharlo en mi mp3 de hace millones de años y con las piezas básicas para que funcione -tengo al aparato, como quien dice, en cueros-. Eco; Sueños Lentos, Aviones Veloces; Teletransporte... Y un par de canciones más.
Casualmente, a los pocos días, los chicos anunciaron un nuevo disco que estaba en el horno. Fue entonces, cuando vislumbré la oportunidad de ir a un concierto en Madrid. Fue el 12 de abril en la Sala Moby Dick. Muy barato, por cierto.
Me cogí a mi amigo -y a otra coleguilla- y allí que nos fuimos. Previamente, me tomé un par de cañas en el 100 Montaditos -no me deis las gracias, señores de la franquicia- para entonar un poco y atreverme a aplaudir canción tras canción. Es que me da vergüenza demostrar emoción en los conciertos. No me preguntéis por qué.
Una vez en la sala, el retraso empezó a desesperarme, así que me pedí una copichuela. Ojo con los precios, que con lo que me costó la copa, me tomo dos en Valladolid. Por fin, el concierto empezó. Izal tiene un directo muy, muy bueno. No es que sea una entendida, pero sonaban bastante bien y los chicos eran muy majos. Había globos pululando por la sala y el público, aunque al principio estábamos todos quietos, empezó a moverse al son de la música.
El calor empezaba a notarse, así que nos pedimos otra copa -mi economía me lo reprendió a finales de mes-. A lo largo del concierto, el grupo cada vez sonaba mejor. Y tocaron un montón de instrumentos. El que más me gustó fue el ukelele, ese sonido que me recuerda a algunas canciones de los Beatles. Un instrumento que, además, queda graciosísimo en manos de un hombre hecho y derecho -aunque más gracioso quedaba en Israel Kamakawiwo'ole -DEP-.
En fin, el concierto terminó y yo no me quería ir de allí sin conocer a los chicos del grupo. Como siempre, mi afán por hacer amigos afloró al terminar esa copa. Mi compi huyó y me quedé con mi otra colega y amigos que hicimos por allí. La verdad es que Mikel, el cantante, fue muy agradable y paciente. Tras felicitarle por el concierto, le dije que estaría encantada de llevarles la comunicación. Creo que llegué un poco tarde, ya funcionan con una agencia, así que me quedé con una caña a la que me invitaron, no se sabe si por pesada o por simpática. Prefiero quedarme con la duda.
La noche acabó bastante tarde, con borrachuzos a nuestro alrededor y otras especies del campo lunar. Vamos, como una noche cualquiera, aunque para mí se quedara en una noche moderna. De moderna rural.