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jueves, 28 de mayo de 2015

Sumo San: gastronomía japonesa y reggaeton del bueno en Madrid

Mi mejor amiga esta mañana
Así es amigos, ayer por la noche, la confluencia de culturas, sentimientos e impulsos suicidas fue como una pedazo de bomba que por poco termina con mi estómago y mis oídos. Soy una persona que dosifica las visitas a restaurantes japoneses. No por nada, es que abusar de esos sabores termina por cansar y hacer que aborrezcas tan extraña comida. El problema viene cuando dosificas las visitas pero cada vez que vas te hinchas a comer, como si no hubiera un mañana. Eso me pasó ayer y eso estoy pagando hoy. He aquí la prueba.

Madrid. 22:30 de un miércoles. Tres compañeras de piso se disponen a atacar un bufete libre japonés que la CM del piso ha encontrado por Internet. Uno de cientos, pero este cerca de casa y con un encanto tan especial como espeluznante. El Sumo San se encontraba ante nosotras. Sus puertas abiertas y su cartel en la entrada con el suculento mensaje de "bufete japonés de calidad" hicieron rugir a nuestros estómagos tan fuerte que hasta León de la Riva, acurrucadito en su rincón, se asustó desde Valladolid.

Un camarero (muy poco japonés)  nos sentó en una mesa muy maja. Ojo, para todos los que ven un sofá en un restaurante y corren a sentarse: aquí también los hay, echadlo a suertes. Eso sí, son de esos de plasticurri, así que se os pegará el pantalón al culete. Por lo demás, la decoración sencillita y agradable, las vajilla muy monas y los palillos chinos muy poco útiles, lo de siempre. Si sois muy frikis, enhorabuena. Si no lo sois, pedid un tenedor.

La carta básica
Veamos. El bufete básico cuesta 15,50 € y es obligatorio que cada persona consuma una bebida que, obviamente, no está incluida en el precio. Que son muy listos. La carta del bufete básico es esta. Está bastante bien, tiene todo lo típico japonés, sushi y todas sus variantes, ramen, sopas, yakitori, tempura.. Y un puntazo que tiene el lugar es que tú pides y te lo cocinan al momento.

A nosotras, cono no podía ser de otra manera, se nos fue de las manos. Desde makis, california roll o temakis, pasando por la tempura de verduras, ramen con carne (sopa con fideos largos), yakitori de todo tipo (son como brochetas de cosas), tepenyaki (cosas a la plancha con una salsa muy rica)... Y como todo el mundo puede imaginarse, no pudimos con todo. Una cosa que me gustó especialmente y que pedí gracias a mi parte friki, fue el oyakodon. Es un plato que aparece en algún libro de Haruki Murakami, escritor al que amo. El plato en cuestión es un bol de arroz cocinado con cebolla, pollo y más cosas y salsas y de todo un poco... Todo eso coronado con un pedazo de huevo frito. Estaba muy rico, pero cada vez que me acuerdo me muero un poco de empacho.

Moriawase ramen o sopa de verduras con espaguetis
El único punto negativo del lugar, que lo hay, es esa música de fondo que nada tiene que ver con lo japonés. Un reggaeton (¡pero qué difícil es escribirlo!) horripilante entraba por nuestros oídos mientras empapábamos el shushi en la salsa de soja. Estoy súper a favor de la diversidad cultural, pero hay límites que no deben traspasarse, y menos si hablamos de esa música demoníaca. Señores dueños del Sumo San, si están leyendo esto, ¡hagan el favor de borrar ese playlist procedente del lugar del castigo eterno!

Por resumir: 

- Precio: 15,50 € (obligatorio consumir una bebida) Bien
- Lugar: bonico (Modesto Lafuente, 88 - Metro: Nuevos Ministerios)
- Comida: bastante rica
- Servicio: el chico no era japonés pero era muy majo
- Música: muerte y destrucción. Lesión de oído
- Satisfacción general: mucha. Hasta el vómito. 
- Recomencación: no comer en una semana y tomar omeprazol

Quiero que compartáis conmigo el dolor que sentí ayer, así que aquí os dejo un hitazo.




miércoles, 20 de mayo de 2015

El Toni 2 o esa noche en la que un piano bar y yo nos encontramos en Madrid

Queridos amigos, todos. Quiero empezar mi retorno a la blogosfera hablando de uno de los bares que más me ha llamado la atención estos últimos meses. Los que conocen la noche madrileña de fin de semana habrán oído hablar de este bar: el Toni 2. Pero yo, por salirme de la línea -como siempre-, os quiero hablar de este maravilloso lugar y de su ambiente -f l i p a s- los días de diario, que parece una tontada pero NO, sólo mola cuando al día siguiente hay que trabajar. Antes de empezar os diré el punto fuerte: se puede cantar micrófono en mano. FIN.

Empezaré por el principio de los tiempos.

Allá en 2010, año en el que deposité mi maleta de mimbre y mi boina pueblerina en tierra madrileña por primera vez, mi primo de Murcia vino a la capital por motivos de trabajo. Insensata de mí, quedé con él a la salida del máster y tras una cañita en un bar de Chueca me llevó al bar que hoy es protagonista. He de decir que no es un bar cualquiera: no es moderno pero tampoco es un antro. Es un lugar que parece que se ha quedado anclado en los años 70 -o antes- y es entrar y trasladarte a otra dimensión. En ese momento, según bajé las escaleras y vi a los camareros vestidos cual botones, todos los terciopelos de los sofás y las lámparas que ahora llamaríais vintage, me enamoré a tope de power del lugar.

Con mi tercio de la mano al que me invitaron -y menos mal- fuimos al fondo del bar y, OH, sorpresa, descubrimos un piano con una cola de unos 4 metros que la clientela utilizaba de barra. Imaginaos como se notaba la revolución de sentimientos en mis ojos de provincia y mi alma de viejuna. Allí nos dirigimos, escuchando el sonido embriagador que emitía uno de los tres pianistas que trabajan allí. No recuerdo qué canción era, pero bien podía ser "Y sin embargo te quiero", de la gran Juanita Reina. Todo iba bien hasta que una señora emperifollada hasta arriba, con sus mil capas de maquillajes y alhajas varias se hizo con un micrófono y empezaron a sonar las primeras notas de "Ojos verdes", de la diosa Conchita Piquer -nota mental: descubrir por qué las cantantes de copla de antaño tenían que añadir el ita a sus nombres-.


Escuchar a esa mujer fue de lo más curioso. Su voz grave pero femenina, esos gestos de estrella, de diva... Ma ra vi llo so. Cuando terminó pudimos hablar con ella porque es todo como muy familiar. Pues la tía muy maja y muy loquer. Luego nos contaron que es la mujer transexual que es taxista, canta a sus clientes y que salía en Callejeros -aquí el programa completo-. Por llamativa que fuera esta mujer, el resto no se quedaban atrás: señores mayores con jovencitas mulatas, señores mayores con jovencitos, señores y señoras mayores en general, gente de mediana edad que parecía normal... Y yo, claro. Ah, y mi primo de Murcia y sus colegas de trabajo.

Calle Almirante, 9 Madrid
En 2010 no me lancé a cantar pero 5 años después he vuelto. Estábamos destinados a encontrarnos de nuevo y esta vez para iniciar una relación muy bonita. Desde que volví a descubrir el Toni 2 hace unos meses, he repetido en varias ocasiones y como decía al principio, sólo los días de diario. La explicación: el fin de semana se pone hasta arriba de people y no puede uno estar a gusto. Los días de diario están los de siempre y con los que hablamos de vez en cuando mis coleguis y yo: esas tres hermanas que se toman sus copichuelas, el señor que va los lunes, los miércoles y los viernes y luego gente que va un poco así -no se sabe de qué- y todos aquellos que van a pasar un buen rato.

Os dije que la primera vez me invitaron. Obviamente, no siempre iba a ser así. Os cuento. Los días de diario la entrada es gratuita -findes 10€- pero si pides algo en la barra, el precio se sube bastante. Por ejemplo, un tercio de cerveza te cuesta 7 euritos, aunque te ponen unos cacaueses para acompañar. De las copas ya me olvido, mejor lo preguntáis cuando vayáis,

Sobre lo de cantar, of course, yo he cogido ese micrófono babeado por todas las generaciones vivientes para cantar a Cecilia y su "Ramito de violetas", a Jeanette con "Soy Rebelde" -esa me queda fetén, doy tanta pena como ella- y como no podía ser de otra manera, me he echado algunas de los Beatles y también de Massiel. Y ese es sólo parte de mi repertorio, así que os invito a escuchar el resto en este lugar tan genial.

Me despido, pues, con la canción que clavo poniendo el falsete en modo extremo. Casi como Jeanette, pero mejor.




martes, 21 de mayo de 2013

Día 80: El Bar Hawaiano que me llevó a la época de Cuéntame.

Os debo una explicación por esta larga ausencia. Los que me leéis desde el principio de los tiempos seguro que pensabais que iba a recaer en el abandono de este blog. Es normal. Más de un mes sin publicar, sin dar señales de vida casi ni en las redes sociales. Me atrevo a decir que hasta estaríais preocupados por el paradero de mi body. Quizá en una cuneta, en el Tapas Free, en El Tigre, explotada de tapas... Pues bien, sigo viva pero sin tiempo en general. Voy a hacer la compra y gracias. Ganarse la vida en Madrid no es fácil y hay que currar mucho para -uno- hacer lo que quieres y -dos- comer. Así que no preocuparse, que este es mi huequito para mis millones de visitantes.

Acabo de decir que no tengo tiempo para nada. Miento. Tengo tiempo para trabajar y para visitar nuevos lugares en Madrid, of course. ¡Y no sabéis lo que he descubierto! Mis hallazgos van mejorando por momentos. Me remonto al origen de la historia con flashback incluido.

Uno de los pajaritos
Todo surgió con el típico "me han dicho que por aquí cerca hay un bar que está muy bien". De eso que no sabes qué hacer y surge esa frase que puede derivar en desastre total o en la maravilla absoluta, como fue el caso. La verdad es que, según llegas a la Plaza de Santa Ana -que es donde está- no lo ves con facilidad, pero tampoco es muy difícil. El bar se llama "Bar Hawaiano". No se andan con chuminadas de nombre como Aloha o algo así.

Las sorpresas llegaron nada más abrir la puerta del lugar. El pío pío de los pájaros sonaba por todas partes y vimos que había una jaula con un montón de periquitos. Bueno, parecía una jaula porque cuando vimos a un pájaro dirigiéndose a la otra punta de la barra aluciplipamos un poco. Tenían a un montón de pájaros sueltos por la parte de arriba del bar. ¡Viva!

Nos atendieron rápidamente y empezamos a bajar escaleras y escaleras. Era como estar por dentro de un árbol.  Según ibas bajando, ibas encontrando salitas con algunas mesas y sillas. Todo muy cuco.

Un laguito que había al lado de los baños.
Un laguito que había al lado de los baños.
Bueno, pues voy directamente a lo que decidimos tomar para refrescar el gaznate. En la carta aparecían un montón de cocktails y cada uno viene en una copa con forma distinta. Y cuando digo forma, hablo de formas de animales y de cosas, no de copas pichis de esas a las que estáis acostumbrados. Nosotros nos decidimos por un Volcán para cuatro, que no sabíamos muy bien lo que era pero parecía lo más guay.

Mientras esperábamos, nos trajeron chocolate, patatas, aceitunas, mortadela y kikos... Vamos, para picar algo y que sobre en el plato. Y, ATENCION SEÑORES, lo que llegó me dejó de plástico. Nos trajeron una pedazo de copa con forma de volcán -claro- al que le echaron una pastillita en la parte de arriba y de la que empezó a salir humo. ¡Un auténtico volcán! Y aquí llega mi flashback. Los que véis la serie Cuéntame, puede que recordéis el momento en el que Merche y Antonio se van a un bar super chuli en el que piden un "Parlamento" que era exactamente lo mismo que nuestro Volcán. Mis padres me explicaron que estaba muy de moda tomarlo en la época. Así que imaginadme a mí con eso, sólo me faltaba Fórmula V o Los Ángeles sonando de fondo para vivir la situación en plan vieujuno.

El caso es que, como os he dicho, el bar era hawaiano, así que de fondo sonaba otro tipo de música que también era molona. Pues ahí estábamos, con cuatro pajitas hiperlargas saliendo del volcán y bebiendo algo que debía ser una mezcla de zumos con ron. Muy rico.

Bueno, y momentazo cuando el camarero llegó y nos regaló -a las chicas- un collar de estos de flores -bueno, más bien de los que entran en las bolsas de cotillón-, un clavel y una sombrillita. Graciosísimo.

En definitiva, si queréis flipar como guiris en Madrid, venirse a este bar -precios de unos 8 euros por cocktail aprox- y disfrutad de la experiencia. ¡Yo ya he repetido!



La prueba de que disfruté como una auténtica guiri.






miércoles, 27 de marzo de 2013

Día 25: Actriz por un día

En Madrid hay millones de alternativas para el ocio. Yo, como sabéis, me he limitado a ir al Karaoke de los Mostenses y a tomarme unas jarras de cerveza al 100 Montaditos. De acuerdo, también he ido a un par de concierto, pero eso ha sido algo puntual. Como puntual ha sido ir al teatro. Y hoy aprovecho que es el Dïa Mundial de este maravilloso arte para hablaros de la experiencia del otro día.

La verdad es que me encanta el teatro. El problema es que la economía no me permite disfrutarlo demasiado a menudo. Pero el sábado pasado me dije: "Lidia, querida, seguro que a la gente le encanta verte en el karaoke cantando La Fiesta de Blas -de Fórmula V- pero tienes que dejar de sacrificarte por los demás y darte un gusto". Y así lo hice. Pero no fui a un teatro cualquiera.

Un amiguito de la capi me habló de Ruta 6,8. ¿Sabéis lo que es el teatro de toda la vida? Pues olvidaos de ese concepto. En este caso, el espectador se convierte en actor, es partícipe de las historias. Si esperáis ver un patio de butacas y un escenario, estáis equivocados. Os cuento cómo fue la historia.

Las columnas de la estancia
Después de ir a La Sureña de la Calle Toledo a tomar unos chismes, nos dirigimos al lugar donde se iban a
desarrollar los acontecimientos. No era un teatro. Era un local con lámparas antiguas, paredes viejas, un montón de columnas y luz tenue. Al principio de la sala había unas 40 sillas blancas y negras colocadas en grupos de 7. Nosotros éramos cuatro personas y nos dividieron: dos a las sillas blancas y otros dos a las sillas negras. Así que nos sentamos a esperar y de repente se apagaron las luces.

Entonces, dos chicos empezaron a explicarnos en qué consistía la experiencia: íbamos a vivir 8 historias distintas, 8 obras de teatro de un cuarto de hora de duración cada una. Cada grupo -de ahí lo de los grupitos de sillas blancas y negras- iría pasando por cada una de las obras y serían partícipes de ellas, un personaje más de la historia. La verdad es que pintaba bien, a pesar de la vergüenza inexplicable que me dan este tipo de cosas, teniendo en cuenta como soy. Nos dieron un mapita con la ubicación de cada una de las escenas y empezó la aventura.

Fuimos pacientes en una terapia de grupo, asistentes sociales, malos amigos en una fiesta, modelos de pasarela... Y así hasta ocho personajes distintos. Los actores te miran directamente a los ojos, hablan contigo, te preguntan, te integran del todo en la historia. Si vas completamente dispuesto, llegan a afectarte las situaciones, te hacen pensar en la vida y en tu propio comportamiento. Es curioso. En el teatro de siempre no sientes el aliento del actor, ni le tocas, ni se enfada contigo, ni te acusa de conducir borracho un coche. Esas cosas no pasan.

Los actores en Ruta 6,8
La verdad es que en mi grupo no participamos excesivamente, estábamos un poco cohibidos esperando a ver qué decía el actor de cada escena. Y casi  mejor porque en el grupo de mis amigos, había un par de personas que interactuaban demasiado. Es lo único malo que puedo apuntar de la experiencia. Además de buen espectador, ya que te convierten en partícipe de la obra, hay que actuar de forma coherente y al hilo de cada situación. ¡No hace falta poner en un aprieto al actor!

¡La madre del cordero! ¡Pero qué sería me he puesto en este post! Eso es que me he querido poner en  plan crítica literaria de la vida -con un borsalino y americana de pana con coderas-. Pero se acabó. Chavalada, la obra está fenomenal, cuesta 11 euros y estás dos horas que se te pasan volando. Eso sí, si sois tan vergonzosos como yo, tomarse un par de cañas antes para ir en modo distendido.

Y hoy es un día completamente válido para despedirme con una canción que llevo cantando desde que me he levantado. ¡Feliz Día del Teatro! ¡Y feliz día, en especial, a estos muchachos de Ruta 6,8!



viernes, 22 de marzo de 2013

Día 20: El autobús de Madrid y sus dictadores.

Valladolid. 13:30 de la tarde. Parada para coger el 19 (dirección La Cistérniga). El hambre, el cansancio y el gran peso que es la vida, hace que jóvenes y mayores aguardemos la llegada del autobús con impaciencia. Todo es normal. 

Las señoras hablan del vecino del 'Cansao', que se ha roto el dedo meñique del pie izquierdo y su hijo le tuvo que llevar al hospital, que resulta que estaba con la novia, que es la hija de bla bla bla bla... Los chavales que salen del insti gritando palabrotas para impresionar a las mozas del cole de al lado -esas maneras de ligar...-. Y luego estoy yo, alelada de la vida, mirando la vida pasar y deseando comerme una vaca sin despiezar.

El Mercado
Tras la esquina aparece el ansiado autobús. Revuelo general, movimiento, nervios. Y, cosas de la vida, la puerta de entrada queda a la altura de mis narices. Fantástico. Apertura angelical de puertas... Pero cuando me dispongo a entrar, escucho esa frase. LA FRASE: "¿A dónde vas? Ponte a la cola". Esa señora que va con los pimientos y las naranjas en la bolsa del mercado de Plaza España que me mira con desprecio -desprecio de ese de "que poco respeto por los mayores"- ha decidido que yo sea su víctima. Total, pongo mirada de indiferencia, me hago a un lado y le hago el paseillo con la mano para que proceda a picar su bonobus. 

Esta situación es normal en Valladolid. Y pensé que sólo en Valladolid. ¡Pero estaba muy equivocada! La agresividad de las señoras y señores de Madrid va mucho más allá, llegando incluso al contacto físico. Os cuento. 

Madrid. 17:30 horas. Aguardando la llegada del autobús número 32 -ya sé coger autobuses- desde hacía un buen rato. Sólo éramos tres persona en la parada. Un jovencito, un señor y yo. Otra vez, el autobús llegó y su puerta quedó delante de mi persona. Apertura de puertas... Y enganchón en el brazo. Me quedé estupefacta. El señor sacó fuerzas de no sé dónde para impedir mi paso. Y yo le dije algo así como "¿Qué pasa?". Pensé que quizá tenía algún problema, se encontraba mal, vaya usted a saber. Pues no: "No has hecho la cola". Y yo, para mis adentros, grité "¿¿QUÉ COLA??". Me indigné, algo nada propio de mí, por cierto: "¡Bueno hombre! ¡Ya lo que me faltaba!". El señor, tal y como hago yo con las mujeres de Valladolid, me miró con indiferencia, pasó y picó.  

Todo esto es una simple anécdota que me sorprendió bastante, pero que os cuento para explicar algo. He de decir una cosa en favor de este señor de Madrid porque resulta que aquí SÍ que se hacen colas y se respetan seas un chaval o un viejuno. Lo digo porque el otro día, de vuelta a casa, procedía a meterme en el bus. Reconozco que ya con cierta aprensión. Aunque llegué la primera, me quedé atrás esperando a que entrara la gente para evitar comentarios. Pero, sorpresa, sorpresa, una señora (SEÑORA) impidió que nadie entrara en el autobús hasta que no accediera mi persona. ¡Menudo escándalo! El resto de humanos pertenecientes a la tercera edad se indignaron. MUCHO. Me sentí como en el medio de una guerra que no me pertenecía. Comentarios, ironías, farfulleos... ¡Era como ser un político en medio de la ciudadanía! 

Pero bueno, he aprendido que no todos los mayores se quejan de todos los jóvenes, que en Valladolid las colas son un caos -hay dos aparatos para picar en la entrada- y que en Madrid hay que respetar los turnos de entrada, aunque te lluevan represalias. Está claro que hagas lo que hagas, siempre habrá alguien a quien no le guste. Y esto lo dejo como reflexión general de la vida. 


miércoles, 13 de marzo de 2013

Día 11: Moderna rural en modo VIP.

El año pasado ya os conté que fui a un concierto de modernos, pagando y sin que nadie me coaccionara o me obligara a hacerlo. No hubo agresión física, ni amenazas de muerte. Lo juro. Y el viernes pasado lo volví a hacer, esta vez viéndolo desde lo alto, desde la zona de los 'very importante pipol'. Señores: he sido una VIP.

Como sabéis, soy fan de cantantes y grupos que ya están muertos, acaban de morir -DEP Tony Ronald- o, como poco, ya están disfrutando de su pensión. Sin embargo, mi mente hace a veces pequeñas excepciones con grupos que lo petan ahora mismo. Es el caso de Izal, una chavalada que cada vez pega más fuerte. Una vez hecho este apunte, sigo con el concierto. ¡Cómo me encanta hablar de mí misma!


Aquí Tony Ronald en uno de sus conciertos.


La cosa surgió de repente, a lo loco. Nada de hacer colas. Me dieron una pulserita para ser molongui entre el resto de la plebe -sin ofender, queridos- y a uno de los palcos de la Joy Eslava que me fui. Tengo que decir que aunque me haga gracia el tema de ser VIP, a mí lo que me gusta es el alboroto, pasar calores, cantar a grito 'pelao' con el resto... Vamos, disfrutar de un concierto como una posesa. No hay que olvidar que estoy acostumbrada a las geniales y sucias fiestas de mi pueblo con sus verbenas, sus discomovidas y demás encantos. Aclarado esto, continuo.

Muy majos los cogotes de Izal
Nunca había entrado a la Joy Eslava y la verdad es que el lugar está fenomenal. Es grande, bonito, pero no barato... ¡5 euros por una cerveza! Ahí se me clavó una cosita en la patata, pero lo superé al primer sorbo. La zona de los palcos también está muy bien, con sus sofales y sus mesas y su baño propio. Fue una forma distinta de disfrutar de un concierto, la verdad. Desde ahí podías ver a todo el público cantando y bailando. ¡Y qué decir de los muchachos del grupo! Casi podíamos besarles en la frente. Pero allí, claro está, lo de gritar "¡¡Guapos!! ¡Olé tu madre y olé tu padre!" y cosas del estilo como que no quedaba bien. Guardé las formas.

Y sí, disfruté del concierto porque hicieron muy buen directo, las canciones son estupendas y a pesar de que el cantante estaba enfermo, les salió de fábula y se nota que lo disfrutaron. Pero me faltó algo, no sé el qué. Puede que el hecho de no dejarme la voz cantando -¿cantando?- sus temas, de no estar con el bullicio... O puede que simplemente el hecho de no ser de las pocas personas -como la otra vez- que se sabía todas y cada una de sus canciones le quitara encanto al asunto.

Las chapitas
Pero vamos, que al salir me compré hasta merchandising y todo. Unas chapitas, que la economía no está para muchos trotes -ya, ya sé que no tuve ningún problema en sacar 5 euros por una cerveza-. Además, después me fui por ahí a disfrutar de mi primer finde en Madrid y descubrí muchas cosas, pero eso ya lo dejo para otro momento, que tendréis otras cosas que hacer y no quiero atraeros demasiado con mi prosa hipnotizante.




viernes, 8 de marzo de 2013

Día 6: Los paragüeros de Madrid.

Dicen que la lluvia en Sevilla es pura maravilla. Yo no sé por el sur, pero en Madrid la lluvia de maravillosa tiene poco. O más bien nada. ¡La chupa que cayó ayer! Y me pasó eso que, por razones desconocidas, nos pasa a muchos. Eso de que miras por la ventana de casa y no llueve. Coges tus llaves, tu paraguas (por si acaso), bajas en el ascensor y llegas a la calle. En total un minuto, tiempo suficiente para que la meteorología se ponga en tu contra y descargue toda su ira sobre tu persona. Pues eso me pasó.

En Valladolid disfrutas de la lluvia
Todos sabemos que algo fundamental para sufrir lo menos posible la lluvia en cualquier lugar del mundo es llevar paraguas. Pues bien, ayer la utilidad de este artilugio fue nula. Como será que cuando bajé del autobús  (ya lo controlo, no como en mi anterior etapa madrileña) en Jacinto Benavente tuve que quedarme en la parada un rato. En vista de que la tormenta no pensaba darme tregua, cogí mi paraguas con lazo rosa, y me dirigí hasta Sol. Para los de Valladolid, ese trayecto será como ir de Plaza España a Fuente Dorada, incluso menos. ¡Ni 5         minutos! Pues acabé calada hasta el pelo. Empapada.

Yo no sé, queridos lectores madrileños, si esto es normal en vuestra ciudad y hábitat, pero fue aluciflipante. Bueno, y qué decir de los que venden paraguas en la calle. Es increíble la rapidez con la que detectan la necesidad del ciudadano. Es caer una gota y los 'paragüeros' ya están en todas las esquinas ofreciendo este producto imprescindible. Lo que no sé es si venderán alguno. Cuando he salido sin paraguas me he resistido siempre a comprar alguno. No sé por qué. Supongo que mi racanería innata. Si todos siguen el mismo camino que yo, poco negocio harán. ¡Suerte, 'paragüeros'!

Y cambiando radicalmente de tema. Hace casi un año os relaté mi experiencia de "moderna rural por una noche". ¡Pues hoy repito! Ya que todos mis grupos y cantantes favoritos están muertos o, en el mejor de los casos, con gotero, aprovecho para potenciar esa vena moderna que me sale de vez en cuando. Así que os dejo un vídeo de Izal para que apreciéis la buena música.





miércoles, 6 de marzo de 2013

Día 4: Tapas gratis en Madrid

Así es. Acostumbrada a que en la mayoría de los bares (ojo, algunos se salvan) de Valladolid me pongan cuatro patatas fritas (rancias) de bolsa o unas aceitunitas con la caña, me he maravillado con el acontecimiento de ayer por la tarde.
Tapas Free Madrid
La lista y las cañas
El nombre del bar ya lo dice todo: Tapas Free. Está en el Mercado de los Mostenses, justo detrás de Gran Vía, justo al lado de mi Karaoke favorito. Ideal para mi persona.

Bueno, pues una querida amiga nos descubrió a mis coleguis y a mí este local al que empezaremos a ir habitualmente. No es fácil decir que no a una caña y a una tapa en condiciones.

Después de ir a La Sureña de Gran Vía (5 botellines, 3 euros) nos dejamos llevar por la idea de comer gratis. Y al Tapas Free que nos fuimos. La cosa es sencilla. Cada semana tienen una lista de tapas de la que puedes elegir la que quieras. Te pides tu caña o tu refresco y a pedir por esa boquita. Yo me decidí por la de tomatito con queso brie gratinado y el resto del personal se fue a lo gocho: hamburguesaca de la buena. El precio por persona: 2,70 € (independientemente de que pidas refresco o cerveza)

La calidad es buena y la cantidad también, sobre todo, la de la hamburguesa. Qué pena que sólo duraran 5 segundo en el plato. De otra forma, ahora tendríais foto.

Hay un ambiente molongui para estar tranquilo. No hay mucha gente, el local es bastante grande y el ruido no molesta. De hecho, una vez con la hamburguesa y el tomatito en el buche, no tuvimos problema en escuchar perfectamente y llorar de la risa con este vídeo que encontré el otro día. Es el último hit, es la oveja gritona. ¡El acontecimiento que todos estabais esperando!


Creo que es imposible que este post acabe mejor que con este vídeo, así que aquí lo dejo. ¡Chinpum!



martes, 5 de marzo de 2013

Madrid. Tercera Parte.

¡Madre mía! Desde mayo del año pasado sin publicar nada. Antes de empezar a poner tonterías quiero deciros, queridos millones de seguidores, que estoy viva. El único problema es que me pudo el ocio y el no tener ADSL en casa. Por no tener no tenía ni microondas ni fogones que funcionaran. Pero estuve bien, no os preocupéis.

El mejor Karaoke de Madrid
El mejor Karaoke de Madrid.
¿Y por qué vuelvo ahora? Pues bien sencillo. Os voy a dar la explicación corta, que la larga es un poco full. Después de abandonar Madrid en septiembre de 2012, volví a la provincia. A Valladolid. Empecé muchas cosas, muchos proyectos, incluso me apunté al gimnasio (¡Yo! ¡AL GIMNASIO!). Y hoy, sin yo saberlo hace un par de semanas, estoy de nuevo en la capital. De vuelta al misterioso mundo de los abonos transporte, del metro, de sus gentes y sus karaokes.

Ya, ya lo sé. Que me voy por las ramas, que me centre, bla, bla, bla... La verdad es que dar una explicación importa bastante poco. El caso es que estoy aquí aunque no sé por cuánto tiempo (puede ser una semana como infinito al cuadrado)

Recién llegada con mi maleta y mi boina mental de pueblo, he encendido el ordenata y me he dicho, "Lidia, una vez abandonaste un blog. Él no lo haría". Y es cierto, sigue tal y como lo dejé. Así que retomo mis intenciones pasadas de contar mis vivencias con esta tercera entrega de "De Chotis y Bocata de Calamares".

No sé si esta vez conseguiré bailar sobre una baldosa (aunque eso le corresponde al hombre). Tampoco sé si esos aros rebozados en grasaza reutilizada caerán en mi gaznate. Pero tened por seguro que si lo consigo, será lo menos interesante de mi vida en la Capi. ¡Vuelve la provinciana!

Y para empezar, una canción que me encanta de un grupo que me encanta. ¡Esta vez no me vuelvo al pueblo sin visitar el bar de los Burning!




Queridos, espero no defraudaros.

lunes, 7 de mayo de 2012

DÍA 100: Moderna rural por una noche.

Sí, queridos amigos, he ido a un concierto de modernos en Madrid. Por iniciativa propia, pagando y por gusto. No sólo escucho a los Beatles, a los Brincos o a Nino Bravo. Hace unos meses, un buen amigo de la capital me enseñó una canción de un grupo llamado Izal. En concreto, la canción Eco, muy curiosa por el enlace de palabras.


La verdad es que nunca me han gustado los grupos modernos y cuando hablo de modernos, hablo de los que nacieron a partir de 1990 en general. Además de provinciana, soy una antigua. Pero oyes, estos muchachos me gustaron. A partir del momento en que mi colega me enseñó el -pequeño- repertorio de Izal, empecé a escucharlo en mi mp3 de hace millones de años y con las piezas básicas para que funcione -tengo al aparato, como quien dice, en cueros-. Eco; Sueños Lentos, Aviones Veloces; Teletransporte... Y un par de canciones más.

Casualmente, a los pocos días, los chicos anunciaron un nuevo disco que estaba en el horno. Fue entonces, cuando vislumbré la oportunidad de ir a un concierto en Madrid. Fue el 12 de abril en la Sala Moby Dick. Muy barato, por cierto.

Me cogí a mi amigo -y a otra coleguilla- y allí que nos fuimos. Previamente, me tomé un par de cañas en el 100 Montaditos -no me deis las gracias, señores de la franquicia- para entonar un poco y atreverme a aplaudir canción tras canción. Es que me da vergüenza demostrar emoción en los conciertos. No me preguntéis por qué.

Una vez en la sala, el retraso empezó a desesperarme, así que me pedí una copichuela. Ojo con los precios, que con lo que me costó la copa, me tomo dos en Valladolid. Por fin, el concierto empezó. Izal tiene un directo muy, muy bueno. No es que sea una entendida, pero sonaban bastante bien y los chicos eran muy majos. Había globos pululando por la sala y el público, aunque al principio estábamos todos quietos, empezó a moverse al son de la música.

El calor empezaba a notarse, así que nos pedimos otra copa -mi economía me lo reprendió a finales de mes-. A lo largo del concierto, el grupo cada vez sonaba mejor. Y tocaron un montón de instrumentos. El que más me gustó fue el ukelele, ese sonido que me recuerda a algunas canciones de los Beatles. Un instrumento que, además, queda graciosísimo en manos de un hombre hecho y derecho -aunque más gracioso quedaba en Israel Kamakawiwo'ole -DEP-.


En fin, el concierto terminó y yo no me quería ir de allí sin conocer a los chicos del grupo. Como siempre, mi afán por hacer amigos afloró al terminar esa copa. Mi compi huyó y me quedé con mi otra colega y amigos que hicimos por allí. La verdad es que Mikel, el cantante, fue muy agradable y paciente. Tras felicitarle por el concierto, le dije que estaría encantada de llevarles la comunicación. Creo que llegué un poco tarde, ya funcionan con una agencia, así que me quedé con una caña a la que me invitaron, no se sabe si por pesada o por simpática. Prefiero quedarme con la duda.

La noche acabó bastante tarde, con borrachuzos a nuestro alrededor y otras especies del campo lunar. Vamos, como una noche cualquiera, aunque para mí se quedara en una noche moderna. De moderna rural.

jueves, 19 de abril de 2012

DÍA 82: El mocosaurio.

Durante todo este tiempo de letargo 'bloguero' he seguido con mi vida en Madrid. Todavía no he bailado un chotis -no encuentro una buena baldosa- ni he comido un bocata de calamares. Bueno, miento. El 100 Montaditos, en el que dejo gran parte de mi sueldo de teleoperadora, ha renovado su carta y se ha puesto un poco madrileña, ofreciendo un bocadillín formado por dos rabas. Es un paso.

No os fiéis de la imagen. Se aleja un poco de la realidad.


No os creáis que no he escrito porque no me ha pasado nada interesante, ha sido pura vagancia. Madrid es un pozo de aventuras absurdas. La gente, los ambientes, los acontecimientos... Siempre habrá un punto en Madrid en el que esté pasando algo fuera de lo normal. No sé si esto también pasará en mi tierra querida, pero, si es así, yo no lo he notado.

Los personajes de Madrid dan ambientillo a mi día a día y noches de karaoke. Personas no muy agradables y otras que hacen que te sientas un reportero de Callejeros. Los que tengo grabados con fuego en el alma, corazón y cabeza son tres. Hoy sólo contaré uno. No me presionéis. 

Estaba esperando al metro sentadita en un banco-barandilla. Esos formados por dos barras de metal puestos a distintas alturas. Son para sentarse. Os lo juro. Mientras sudaba con el calor infernal y pegajoso del submundo, un señor elegante apareció de la nada. Se paró justo delante de mí y se quitó las gafas. Yo supuse que era para limpiarlas y quitar la roña de los cristales. Nada más lejos de la verdad. Le debía picar la nariz porque, mientras miraba la patilla izquierda, ni corto ni perezoso, se la introdujo en una de sus fosas nasales. Y hurga que te hurga. No sé si encontró algo, pero a mí los ojos se me quedaron como dos platos. Estuve por pedirle las gafas para ver si de verdad estaba pasando. Pero decidí que mejor no. El tema mocos patilleros nunca me ha apasionado y menos si alcanzan la parte trasera de mi oreja. 

Esta no es la única vez que he visto cómo alguien se saca moquillos en público. No consigo entender por qué lo hacen y menos, cómo lo hacen de forma tan original. El niño que sangra porque pone demasiado ímpetu en limpiar su nariz de rastros verdes. Bueno, es un niño. Pero, ¿y el señor que va conduciendo su Audi y para en un semáforo en rojo? ¿Por qué aprovecha para sentir el vacío en sus fosas nasales? ¿Por qué? No es necesario mostrarle al mundo este tipo de cosas. Y esto pasa en Valladolid y en Madrid. Pasa en todas partes. ¿Cuándo harán un estudio los estadounidenses para ver qué tanto por ciento practica este deporte? Señores de la Universidad de Massachusetts, les animo a investigarlo. Y a los de Kleenex les digo: menos pañuelos con aloe vera y más publicidad para fomentar el uso de papeles para despejar las naricillas españolas. Hombre ya. 

Por cierto, un saludo a mi amigo Mocosaurio, ese niño del cole, el niño que todos hemos tenido en clase, el mocoso. Lo mismo eras uno de ellos. ¿Tú sorbías o te dejabas dos velas? 

Hoy soy lógica. Escato-lógica. 





jueves, 23 de febrero de 2012

DÍA 26: Cómo coger un bus en Madrid y morir en el intento.

He vivido durante más de un año en Madrid. Os preguntaréis que qué estoy diciendo si en el título pone día 26, pues os explico. Es el día 26 de mi segunda etapa en la capital. Yo ya vine en octubre de 2010 a hacer un señor máster. Durante todo este tiempo he cogido pocos autobuses y, cuando lo he hecho, ha sido acompañada.  Aunque lo he intentado por mi propio pie, ha sido completamente imposible.

A veces me siento una paletilla. Y, probablemente, lo sea. Un poquito. Pero es que en Valladolid, como mucho, hay dos paradas por plaza. En Madrid hay como tres o cuatro y otras seis a 10 metros. Me dirás tú cuánto tiempo tengo que tirarme para encontrar la marquesina que me viene bien. ¿Que podría mirarlo en Internet? Pues sí, y lo hago. Lo que pasa que tengo el sentido de la orientación que nos han acuñado a las mujeres. Es así, otras mujeres encuentran cualquier sitio en un segundo. Yo no. Ya me puedes señalar el punto exacto, que acabo en la acera de enfrente de la calle contraria.

Lo que tengo que decir en mi defensa -ya está bien de criticarme- es que una vez conseguí coger un bus yo sola, por iniciativa propia. Era para ir de casa al supermercado, que está muy lejos. Salí de mi hogar muy digna andando con paso firme hacia la parada de autobús que me decía el Google Maps. Y llegué. También hay que decir que era andar una calle recta, pero bueno, logré mi objetivo.

El problema que tengo ahora me persigue desde hace un par de días. Os cuento. Llegó una chica nueva al lugar donde estoy trabajando. No, no. No os alarméis, estoy trabajando de teleoperadora, no de periodista. Es lo que hay que hacer para poder vivir en Madrid sin ayuda de papá y mamá. Lo de la venta telefónica, por cierto, tiene para otro post. Sigo, que me voy del tema. Llegó una muchacha nueva y hablando llegamos a la conclusión de que vivíamos por la misma zona. Yo siempre he cogido el metro en Ciudad Lineal -que es donde está el curro- para poder llegar a casa. Y resulta que hay un bus que me deja también por ahí, más cómodo. Total, que llegué el martes y dije, pues lo cojo. Me recorrí varias paradas de autobús y el 113, mi objetivo, no estaba en ningún lado.



Me hacen gracia las paradas de Madrid. Siempre te están diciendo lo que queda para que lleguen los buses. Es para la gente ciega, pero algún locuelo -eso es vivir al límite- le da al botón por hacer la gracia. Creo que más de una persona odia a la chica que habla. Se vuelve cansina.

Me voy del tema otra vez. Es que me liáis. Decía que no encontré el 113, así que cabizbaja me fui al metro. Sola y desamparada. Y mientras me dirigía hacia allí, gente loca, borracha y pervertida iba fomentando mi canguele. Qué de gente rara. Menos mal que llegó la policía a pedir el DNI de los personajes. Es que aquí en Madrid hacen un montón de redadas para pillar a inmigrantes ilegales. Algunos van con uniforme, otros van de normal, pero se les distingue a la legua. No sé qué tienen, pero canta un montonazo.

Mirad, he decidido que paso de contaros la historia del bus. Siempre hacéis que cambie de tema. Malditos. Un resumen. No encontré la parada y no voy a volver a intentarlo. Suficiente tiempo se gasta una en Madrid para desplazarse como para andar gastando más minutos de mi valiosa vida en no encontrar el modo de llegar a ninguna parte.

jueves, 16 de febrero de 2012

DÍA 19: Disculpa pública al Metro de Madrid.

Tengo que pedir perdón al Metro de Madrid. Parece ser que el post de ayer le disgustó. Supongo que por decir que huele mal, pero sólo digo verdades. El caso es se ha vengado provocándome un esguince en el tobillo izquierdo. Sí, sí. Iba yo tan tranquila bajando las escaleras de la boca del metro y de repente, tras un gritito casi orgásmico -qué paradoja- aparecí en el suelo con el mp3 a piezas.

Qué vergüenza. Empecé a escuchar voces y a ver cabezas que me miraban con pena. La verdad es que es de agradecer que se hayan preocupado por mí, pero en ese momento lo que quería era irme con mi dolor más abajo del metro. Total, que di las gracias y me quedé sentada en todo el medio de la boca del metro con el tobillo ardiendo.

Lo que me ha pasado me recuerda a toda la sangre que he visto en los submundos de Madrid. Tampoco he visto tanta, claro, no os penséis que vivo en Las Barranquillas -con perdón- o similar. Alguna vez sí que me he encontrado gotitas o charquitos de sangre, cristales rotos y derivados. Eso deja volar mucho la imaginación. Probablemente no sea más que la sangre de un niño que se ha sacado un moco con demasiada fuerza, pero ¿y lo que mola pensar que ha habido algo estilo Street Fighter? Que guay.


Bueno, dejo al margen la imaginación. Sí que me he encontrado situaciones, como la del otro día. Me encontré a una señora sangrando por la nariz gritando como una posesa. Decía que la trabajadora del metro -que estaba por allí- le había empujado y que, por eso se había caído por las escaleras. Justo en ese momento llegó la policía y la muchacha empleada dio su versión, obviamente. Pilló a la señora de nariz sangrante colándose en el metro. Al decírselo, la tipa se fue corriendo y rodó por las escaleras. Yo no sé lo que pasaría en realidad, pero yo me quedé con la idea de historias relacionadas con el tráfico de drogas, prostitutas y cosas de esas morbosas. Mejor imaginar. 



miércoles, 15 de febrero de 2012

DÍA 18: Beckham y el Metro de Madrid

Estoy muy triste. Hoy mi post iba a dedicarlo exclusivamente a la nueva imagen de H&M, vamos, a David Beckham y a su calcetín. Hasta ayer, todo el metro de Madrid estaba plagado de fotos de este hombretón -que no pasa de moda ni queriendo- y alegraba la vista cada vez que doblaba una esquina. Tampoco es que me entusiasme excesivamente, vamos a ver, no me van los típicos guapos, pero sería muy falso por mi parte decir que no me gusta verle cada vez que cojo el metro.

Todo empezó la semana pasada cuando alguien me advirtió de los nuevos carteles que habían puesto por el submundo de Madrid. Nunca me había fijado, he de admitirlo, pero cuando supe de su existencia estuve al quite. Recuerdo que iba escuchando Fórmula V, la canción "Loco, loco, loco" y loca, loca, loca me volví yo al ver esa creación de la naturaleza. Aquí algunas de las fotos.



Y bueno, no es que haga sólo de modelo, es que esos calzoncillos llevan su nombre bordado. Vamos, que también le da tiempo a diseñar su propia ropa interior. Ahora entiendo por qué le queda tan bien. Es la primera vez que Beckham lanza una línea de ropa -interior- pero no va a ser la última porque H&M le ha fichado -lo suyo va de fichajes en general- para que vaya sacando más historias. 

No sé sin en Valladolid le han puesto en las marquesinas del bus. Si es así, vallisoletan@s, disfrutad de su imagen y no penséis en la pasta que está ganando, que eso, al final, sienta mal. Y más sabiendo que ya está casado. 

Yo sigo cogiendo el metro para ir de aquí para allá, con mis cuatro duros en el monedero. Qué rabia. Cada vez que le veo pienso que este chico nunca se ha montado en el metro -y si lo ha hecho, ya ni se acuerda- y no ha notado 'sobacas' revenidas, ni ha sudado, ni ha olido esas paradas de metro, que ni cuando abonan el parque de debajo de mi casa del pueblo. Nunca se ha subido y, sin embargo, le veo todos los días allí. Menuda ironía. 

Nos os voy a hablar de la gente del metro, ni de historietas, que para eso ya está mi colega Álvaro Morente, que está también iniciándose en esto de los blogs y no quiero quitarle el tema, de momento. Echadle un ojo, que es un tío muy literario. 





lunes, 13 de febrero de 2012

DÍA 16: Resaca de famosos

El título de este post no va de la resaca que tienen los famosos por alcohol o por drogas -D.E.P. Whitney Houston, por si acaso-, hace referencia al amanecer en el que me di cuenta de que la noche anterior me había codeado con unos cuantos actores y demás artistas de la pequeña y gran pantalla.

Es gracioso encontrarse con personas famosas mientras te estás tomando tu séptima cerveza en un karaoke de mala muerte perdido en un parking de la Gran Vía. Es en ese momento cuando no eres tú el que les ve por la tele sentado en el sofá de tu casa mientras te comes un yogur. Son ellos los que pueden verte mientras cantas Un beso y una flor, de Nino Bravo, a grito pelado, como los ángeles y con la cerveza que ya no sabes si sale o si entra en la boca. 

Esa era yo. Acabé la canción, bajé las dos escaleras para descender de las nubes y aterrizar, de nuevo, en el suelo para que uno de mis acompañantes me dijera, «mira, ese es actor, sale ahora en la serie Con El Culo Al Aire». La emoción me embargó. No tenía ni repajolera idea de quién era ese chico con gorra pero, sin dudarlo un segundo, me dirigí hasta él: «Hola. Mira, me han dicho que eres actor, lo que pasa que no caigo, no sé quién eres. ¿Cómo te llamas?». Pues muy bien, así se empieza una conversación con una persona que está hasta las narices de que se acerquen a él para pedirle fotos. Menos mal que el muchacho era simpaticote. «Me llamo Raúl Arévalo». Ahá, ni idea. La conversación siguió tan normal, yo preguntando, él también -aunque menos, por cumplir, el pobre- y dando la plasta un rato. Ya supe quien era, así que me dirigí a la persona que tenía al lado y le pregunté lo propio, «¿y tú quién eres?». El chico me miraba raro, vaya usted a saber por qué y dijo «me llamo Eduardo» y seguí el mismo proceso, preguntas varias para descubrir quién era. Pues misterio resuelto, era el director de la película Verbo, Eduardo Chapero-Jackson. Muy majete también y otro cumplidor más. Pobrecitos. 

A la media hora y después de que me acoplara al brindis de un chupito de jarabe de arce, decidí que era hora de dejar de poner a prueba la paciencia de los dos muchachos. Así que me fui. Idas y venidas al baño, cuatro risas más y hasta luego otra vez. Era mi noche de pegarme al lado de cualquier famoso. Me hacía tanta gracia codearme con personajes públicos que no podía parar. En Valladolid, lo más que te encuentras es a algún famosillo, autor de canciones de verano, en la misma esquina del mismo bar cada fin de semana. Eh, y no desprestigio a mi querida ciudad, que conste. Lo que pasa es que allí no nos creemos que haya ningún famoso, cosa que me recuerda a aquel día en que una amiga le tocaba la calva a King África mientras decía, «mira como se parece este tío al de la canción de Boooooooooooooooooooomba». Asín semos de naturales.  

viernes, 10 de febrero de 2012

DÍA 13: Dos semanas y como el primer día.

Os pido tranquilidad, queridos millones de followers. No, no busquéis más abajo, no hay más entradas. Os preguntaréis que por qué pone DÍA 13, pues bien, os lo voy a contar y voy a empezar por el principio de los tiempos.

Primero me presento. Aquí Lidia Cossío, 24 años y vallisoletana de pura cepa. Encantada, dos besos. 
Segundo, la historia. Después de licenciarme en periodismo, hacer un máster y embarcarme en una segunda carrera, me hallo en la absoluta desesperación. Sí señores, soy una parada más y de provincia. En Valladolid la historia no anda muy bien, no hay trabajo ni para poner copas en un bar, así que para disfrutar de mi juventud, he decidido trasladarme a Madrid. 

Y aquí estoy. El día 29 de enero, de forma precipitada, hice mis maletas y me cogí un Alsa para venirme a la capital. Vivo en un piso sin Internet, sin teléfono, sin microondas y sin vitrocerámica. Me caliento la leche con el único fogón a gas que funciona. ¿Y cómo estoy escribiendo este blog? Pues muy fácil. Estoy haciendo un curso de Peridismo Digital para Radios (aquí la propaganada) y, claro, el ordenador es una herramienta base y escribir un blog un ejercicio fundamental. 

En estos 13 días, alguna que otra anécdota, personajes, situaciones y experiencias de estas que dan colorcillo a la vida. Pero mejor no las cuento hoy. Eso sí, he descubierto que mis cosas de pueblo sintonizan con las cosas de ciudad. Y muy bien.